Las guerras púnicas

Las guerras púnicas fueron una serie de enfrentamientos entre Roma y Cartago por hacerse con el dominio del Mediterráneo que tuvieron lugar entre los años 246 a.C y 146 a.C.

En conjunto, las batallas  se agrupan en tres grandes guerras, que tienen tanta relación que se les decidió denominar conjuntamente como las guerras púnicas, ya que Púnico era el gentilicio que le asignaron los romanos a los habitantes de la ciudad de Cartago.

Sin duda, estas guerras cambiaron el porvenir de la civilización romana…

Causas de las guerras púnicas

Antes de que tuviera lugar la primera guerra púnica, el Mediterráneo estaba claramente dominado por Cartago, consolidada como una potencia marítima y comercial a lo largo de los años. Roma acababa de nacer, pero ya dominaba la mayor parte de la península Itálica. Su cultura aún no había tenido tiempo todavía de desarrollarse, era incomparable el desarrollo de Cartago con el de los romanos.

Sin embargo, el pueblo romano escondía unas cualidades que cualquier dirigente militar podría desear: una nación que trabajaba de forma conjunta y con una gran fuerza de voluntad y un tenaz ejército, formado mayoritariamente por el campesinado, que no tenía ningún miedo en luchar por su patria.

Estas dos naciones estaban en proceso de expansión por el mediterráneo, y el punto en que se encontraron y en el que comenzó a generarse las guerras púnicas fue la isla de Sicilia.

Primera Guerra Púnica

Sicilia estaba gobernada por Cartago al este, y por los griegos al oeste. En Mesina, una de las ciudades griegas, se sublevó un grupo de mercenarios. Estos mercenarios de origen italiano se encerraron en dicha ciudad y pidieron ayuda a Roma.

Roma acababa de hacerse con toda la península Itálica y vio con buenos ojos seguir con su política de expansión territorial en Sicilia. Este fue el comienzo de la primera guerra púnica.

Roma continuó la expansión como había hecho hasta entonces, conquistando ciudad a ciudad, con muy buenos resultados, tan buenos que incluso algunas ciudades decidieron directamente pasar al bando romano con tal de no luchar contra ellos.

Sin embargo, ya no iba a ser tan fácil como anteriormente. Cartago decidió llevar la guerra a su terreno, al mar, donde residía su verdadero potencial militar. La flota cartaginesa empezó a realizar incursiones en las costas sicilianas y, más adelantes, en las italianas.

Ante esta situación el Senado romano decidió construir su propia flota. Se destinó casi todos los recursos a la elaboración de naves de guerra, para ello, Roma tuvo la suerte de hacerse con una nave cartaginesa que había encallado y que el ejército rival no tuvo tiempo de destruir. Sus secretos quedaron a la vista, y  se comenzó a producir naves a un ritmo increíble en astilleros improvisados.

Los romanos salieron al mar a luchar contra la máxima potencia marítima del Mediterráneo. Roma pecó de inexperiencia, pero mientras que Cartago destruía fácilmente las naves romanas, ellos aprendían de sus errores y construían mejores barcos.

Al igual que Cartago había trasladado la primera guerra púnica a su mejor terreno, ahora era Roma la que quería cambiar el escenario y volver a la lucha terrestre. Para ello ideó un puente con un garfio que se enganchaba en la nave enemiga y que permitía a la infantería romana acceder al barco rival y luchar cuerpo a cuerpo contra los cartagineses. Así se consiguió la primera victoria romana en el mar.

El ejército romano atravesaba un período de motivación increíble, tanto que llegó a desembarcar en los territorios de Cartago en el norte de África, acabando con todo lo que se encontraba a su paso.

Ante la rápida expansión de Roma, los cartagineses decidieron contratar la ayuda de un general espartano, que adiestró a un ejército y consiguió una importante victoria gracias a la carga de unos elefantes, que desbarataron el ejército romano. La flota romana rescató a los supervivientes, aunque la mala suerte hizo que una tormenta hundiera la mayoría de las naves.

Las dos partes quedaron muy tocadas, pero fue Roma la que supo sobreponerse mejor y dar la estocada final.

El ejército de Cartago se desplazó a Sicilia donde comenzó a recuperar ciudades perdidas anteriormente. Por otro lado, en el mar consiguieron hundir la nueva flota que acababa de botar Roma. Una vez más, haciendo un gran esfuerzo, los romanos destinaron más recursos para una nueva flota, que esta vez, sí pudo vencer a las naves que Cartago iba a enviar como apoyo a Sicilia. Por lo tanto, los progresos cartagineses en la isla iban a durar poco.

Cartago pidió un tratado de paz y Roma se lo concedió. El coste: entregar la isla de Sicilia y unas cantidades estratosféricas de recursos que tendrían que abonar a los romanos en los siguientes años.

La consecuencia inmediata de esta guerra fue la sublevación del ejército cartaginés, el cual estaba formado por mercenarios llegados desde diferentes pueblos. Como mercenarios, tras la primera guerra púnica, reclamaron el pago de sus servicios, sin embargo los dirigentes cartagineses se negaron a pagarles.

El resultado fue una guerra de los mercenarios contra la propia Cartago, que a punto estuvieron de conquistar la ciudad. Gracias a un ejército nuevo y tras tres años de guerra, consiguieron expulsarlos. Mientras tanto, Roma había aprovechado la oportunidad para apoderarse de Corcega y Cerdeña, haciendo caso omiso del tratado de paz.

Segunda Guerra Púnica

Cartago acababa de perder su gran imperio y debía pagar las cantidades acordadas en el tratado de paz a Roma. Su mirada se dirigió hacia la península ibérica, donde había grandes territorios que ofrecían buenas oportunidades económicas.

La resistencia de los pueblos allí asentados fue escasa y Cartago consiguió hacerse con grandes territorios en poco tiempo. Esto les permitió enviar a la capital monedas de plata acuñadas en la actual Andalucía.

La expansión en la península continuó hacia el norte. Pero Roma no se quedó de brazos cruzados, estaba vigilante y obligó a los cartagineses a firmar el tratado del Ebro, por el que este pueblo se comprometía a no cruzar el río Ebro.

Durante ese tiempo se eligió como líder del ejército a Aníbal Barca, educado odiando a Roma y a la postre considerado como un genio en el arte de la guerra. Aníbal quería hacerse con el completo control de la península, por lo que cruzó el Ebro y desencadenó la segunda guerra púnica.

Aníbal, avecinando la guerra, llevó a sus tropas hacia el norte para alejarla de sus bases y consiguió conquistar todas las ciudades de Hispania. La táctica de Roma fue fortificar Marsella, ciudad griega aliada, y esperarlos allí. Sin embargo, Aníbal se dirigió hacia el río Ródano dejando la costa.

Esto solo podía significar una cosa, ¡su intención era Italia! En pleno invierno Aníbal y su ejército cruzaron los Alpes, y en el 218 a.C llegaron a la península Itálica.

La batalla de Trebia

Ya en la península itálica tuvo lugar el primer choque entre cartagineses y romanos. Los dos cónsules romanos se turnaban cada día para tomar las decisiones, y de esto se aprovechó Aníbal.

El día que el cónsul Sempronio dirigía al ejército romano, el ejército cartaginés atacó su campamento al alba y retrocedió rápidamente. Se ordenó a los romanos que aprovecharan esa oportunidad para atacar y, en su persecución, cruzaron el río Trebia, donde, en ayunas y con el frío de la mañana, muchos de ellos murieron.

Ya en batalla, un grupo de cartagineses escondidos desde la noche anterior, les cayó sobre ellos y decantaron esta batalla hacia su lado. En total, más de 20.000 romanos murieron.

Tras esto ambos bandos se prepararon para pasar el invierno mientras ya pensaban en el siguiente asalto.

La batalla del lago Trasimeno

Esta vez cada cónsul romano se apostó con dos legiones en dos puntos por el que Aníbal tendría que pasar sí o sí. Cuando pasara esperarían la llegada del otro cónsul y así lograrían vencerle.

Sin embargo, Aníbal eligió pasar por el camino en el que estaba el cónsul más impaciente y comenzó a quemar todo lo que se encontraba en los alrededores del campamento romano. Al cónsul Flaminio se le agotó la paciencia y comenzó a perseguirlo. Al anochecer los dos situaron sus campamentos militares cerca del lago Trasimeno.

Para cuando Flaminio despertó Aníbal ya había emprendido la huida y el cónsul, enfadado, mandó a su ejército a la caza de los cartagineses por la orilla del lago antes mencionado, donde había una fuerte neblina que impedía a los romanos ver a sus rivales allí escondidos.

A la orden de su líder, el ejercito cartaginés se lanzó contra los romanos. Y por si fuera poco, aquel que renunciaba a luchar se ahogaba en el lago por culpa del peso de su armadura. El resultado, todos los romanos muertos o capturados. Pero la cosa no terminó ahí. El otro cónsul, que iba a la ayuda de Flaminio, cayó en otra trampa y también murió .

El Senado romano quedó indignado y nombró dictador durante seis meses a Quinto Fabio Máximo, que acertó al encontrar el punto débil de Aníbal: su logística. Así decidió evitar las batallas a campo abierto y optó por contarle los suministros a su ejército. Sin embargo Aníbal fue capaz de resistir esos seis meses.

Pasado ese tiempo, se eligieron de nuevo dos cónsules y el ejército cartaginés acampó cerca del poblado de Cannas. Allí se dirigieron los nuevos cónsules con el mayor ejército nunca visto.

La batalla de Cannas

Los romanos formaron el mayor ejército posible para, de una vez por todas, derrotar a Aníbal en esta segunda guerra púnica. La batalla se planteó a campo abierto.

Tomaron la iniciativa los cartagineses, cuya caballería cargó contra la romana, sabiendo que eran más numerosos y tenían más posibilidades de ganar. Sin embargo, el gran problema de Cartago se encontraba en la infantería, ya que la romana era infinitamente superior a ellos.

Pero una vez más las estrategias de Aníbal surtieron efecto. La infantería romana comenzó a romper el centro de la línea enemiga, mientras se formaba un semicírculo en el que los flancos empezaron a atacar.

Cuando se quisieron dar cuenta los romanos estaban acorralados; la única salida era darse media vuelta, pero entonces comenzó a llegar la caballería cartaginesa que ya había acabado con la romana. El resto fue una masacre.

Tras esta batalla la intención de Aníbal era llegar a la paz con Roma. Su ejército estaba muy debilitado como para asediar Roma y, además, la clave de todas sus victorias había consistido en la movilidad, pero al asediar Roma podrían haberle cortado sus suministros. De hecho, consiguió que algunas de las ciudades de los alrededores de Roma se uniera a su bando.

Sin embargo Roma se guió por el ideal de “La mejor defensa es un buen ataque”.

Conquistaron por completo la península ibérica y desembarcaron en África. Ante esta situación los mandamases cartagineses llamaron a Aníbal, que abandonó a sus tropa en suelo italiano, donde fueron aniquiladas por completo.

La batalla de Zama

En esta última batalla se impuso la superioridad numérica del ejército romano.

Fue una clara victoria romana tras la que Cartago pidió la paz. Las condiciones fueron una gran indemnización y la cabeza de Aníbal, a pesar de que la cordura de un general romano impidió que no se destruyera por completo la ciudad enemiga.

Este fue el desenlace de la segunda guerra púnica.

La tercera guerra púnica

Los años pasaron tras la segunda guerra púnica y Cartago se desarrolló de una manera espectacular. Como grandes comerciantes que eran, volvieron a expandir sus negocios, sobre todo el mediterráneo. Esto no pasó desapercibido por Roma, que volvió a verlos como una amenaza.

En el año 146 a.C los romanos consiguieron entrar en la ciudad de Cartago, donde proyectaron toda su ira acumulada en estas guerras púnicas para acabar con todos sus habitantes, destruir hasta los cimientos de los edificios y arrojar sal sobre los campos con el objetivo de exterminar esta cultura y que ningún pueblo se asentara allí jamás.

Consecuencias

Roma consiguió hacerse con la victoria en estas guerras púnicas, y lo más importante para ellos, habían eliminado a Cartago de la Historia. Era la primera vez que se enfrentaban a una gran potencia y el resultado no pudo ser mejor. Además, habían ganado experiencia en combate, especialmente en el ámbito naval.

Ahora Roma contaba con una gran flota de guerra, aparte de poderoso ejército terrestre, y dominaban casi por completo el entorno del Mediterráneo, lo cual les resultaría muy beneficioso para mejorar el comercio y la comunicación con sus provincias.